17/5/16

La inconsistencia del antropocentrismo, un diálogo que no convencerá a nadie de nada pero que me apetecía escribir

―No hay nada reprobable en el hecho de utilizar animales como recursos. Los seres humanos estamos dotados de un nivel de inteligencia que nos permite reflexionar sobre conceptos tales como libertad,  justicia o felicidad, cuestiones que ningún animal está siquiera cerca comprender. De esta capacidad deriva nuestro sentido ético y moral, y es por ello que la ética y la moral son cuestiones exclusivas de los seres humanos, dimensiones donde los animales, simplemente, no tienen cabida.

―De su razonamiento entiendo que es usted partidario de utilizar como recursos a aquellos seres humanos que, por edad, accidente o enfermedad, tengan limitadas sus capacidades cognitivas hasta el punto de no comprender los conceptos que ha mencionado.

―No, se equivoca usted, pues olvida que esas personas son seres humanos. Aunque no dispongan de la capacidad para entender dichos conceptos o carezcan de un sentido ético y moral, no por ello dejan de ser miembros de la humanidad y, por tanto, no dejan de tener derecho a ser tratados como fines en sí mismos y no como medios para fines ajenos.

―Entonces, lo que deduzco ahora, es que, según usted,  los individuos pertenecientes a un grupo pueden ser tratados en función de las características habituales de ese grupo.

―Bueno, sí, supongo que eso es lo que he dicho. Aunque haya seres humanos con las capacidades cognitivas limitadas, se les debe tratar como al resto de los seres humanos.

―Bien, entonces, imagino que es usted partidario de que todos los asesinos y violadores salgan en este mismo instante de prisión.

―¿Y por qué habría yo de querer algo así?

―¿Acaso no lo ve? Como debemos tratar a todos en función de las características medias del grupo al que pertenecen, y, dado que la inmensa mayoría de los seres humanos no asesinan ni violan, podemos concluir, siempre siguiendo su razonamiento, que asesinos y violadores deben ser puestos en libertad al igual que viven en libertad el resto de sus congéneres que no han cometido tales delitos.

―Pero… ¡Un momento! Yo… 

―Mire, respetar a los individuos en función de sus capacidades cognitivas sólo nos puede llevar, si somos honestos, a una conclusión tan lógica como desagradable: que esto también debería aplicarse a los seres humanos. El único modo coherente de respetar a todos y cada uno de los seres humanos es hacerlo en base a nuestra capacidad de vernos dañados o beneficiados por los actos ajenos. 

―Bien, eso tiene sentido. 

―La cuestión es que esa idea implicaría incluir en nuestro círculo de respeto a casi todos los animales del planeta, pues ellos también pueden sufrir y disfrutar y, por tanto, verse beneficiados o perjudicados por terceros.

―Bueno… verá, lo que yo creo en realidad es que todo esto no nos está llevando a ningún sitio, por lo que será mejor dejarlo. Que tenga usted muy buenos días.




12/5/16

Fragmento de Viaje a la Alcarria. Camilo José Cela. 1952

Atrás se ha quedado el cerro de la Horca, un altozano que termina en una meseta lisa como un plato. Según le explican al viajero, antiguamente, cuando para entretener a las gentes sencillas, que lo que piden es un poco de sangre, aún no se habían inventado las corridas de toros, se usaba la mesetilla del cerro de la Horca para ajusticiar a los condenados a muerte. El viajero piensa que el sitio no está mal elegido; sin duda alguna el cerro de la Horca tiene una hermosa perspectiva.


31/1/16

Fragmento de La jungla. Upton Sinclair. 1906

Entretanto, los obreros continuaban su trabajo; sin prestar atención alguna ni a los alaridos de los cerdos ni a las exclamaciones de los visitantes. Uno por uno, los animales colgados, conforme iban pasando delante de ellos, recibían una rápida y tremenda cuchillada que les abría la garganta. Manando sangre, y gruñendo y pataleando todavía, continuaban su marcha arrastrados por el cable hasta que los arrojaban, la mayor parte de ellos aún en el estertor de la agonía, en un inmenso tanque de agua hirviendo. 

Todo esto se hacía tan metódica y maquinalmente que, a pesar del horror que experimentaba, el espectador quedaba fascinado. Estaban presenciando la matanza tecnificada, la industrialización del cerdo mediante las matemáticas. Y, sin embargo, aun las personas menos sensibles, no podían menos de pensar en los pobres cerdos. ¡Eran tan inocentes, habían llegado allí tan confiados, y sus protestas parecían tan humanas, tan justas! En verdad, los pobres animales no habían hecho nada para merecer tal fin: engancharlos, colgarlos y degollarlos con tanta sangre fría, sin mostrar por ellos la menor compasión, sin la menor excusa y sin el homenaje de una lágrima, era añadir el insulto a la injuria. 



25/9/15

Sufrimiento, prostitución y tauromaquia: Bertrand Russell vs Beatriz Gimeno

En uno de sus lúcidos ensayos, el venerable maestro Bertrand Russell reflexiona irónicamente sobre el concepto de pecado. No comprende que ciertas medidas como la eutanasia, encaminadas a evitar el sufrimiento innecesario, sean consideradas pecaminosas mientras que otras (como no ayudar a morir a quien sufre y desea poner fin a su vida) no reciban ningún tipo de reprobación por parte de las altas esferas religiosas o morales.

Algo similar me sucede a mí hoy en día al encontrarme con la opinión de ciertas personas que gozan de bastante prestigio dentro de algunos movimientos sociales. Tal es el caso de Beatriz Gimeno. Esta veterana activista feminista tiene una opinión negativa de la prostitución, a pesar de que dicha actividad no es otra cosa que un acuerdo entre dos o más personas adultas (si la relación no es voluntaria, entonces estamos hablando de explotación sexual o esclavitud, no de prostitución). No existe sufrimiento en la prestación de este servicio (o, al menos, no más que en otros cientos de empleos a los que nadie se opone) sino más bien todo lo contrario: el cliente disfruta obteniendo una sesión de sexo que deseaba tener y la prostituta satisface su deseo de conseguir una determinada cantidad de dinero (en muchos casos ella también disfruta, como aseguran algunas trabajadoras sexuales, por ejemplo, Natalia Ferrari). Es evidente que en numerosas ocasiones una prostituta puede acabar sufriendo gravemente, por ejemplo, al encontrarse con un cliente violento (algo de lo que tampoco estamos libres en otras ocupaciones, por cierto). La cuestión es que el sufrimiento no es inherente a la prostitución y, cuando acontece, se debe sobre todo a la indefensión que provoca en muchas prostitutas el hecho de que esta actividad sea ilegal o alegal en casi todo el mundo. 

Sin embargo, el sufrimiento sí que tiene un papel fundamental en otras actividades, como por ejemplo, la tauromaquia, que no es otra cosa que quitarle la vida lentamente a un ser dotado de un complejo sistema nervioso. Dado que Beatriz Gimeno se opone tan vehementemente a una actividad como la prostitución, que no se basa en la tortura y la muerte, cabría esperar que su rechazo a la tauromaquia fuese, al menos, igualmente enérgico. Pero cuál no será nuestra sorpresa al enterarnos de que no sólo no se opone a la barbarie nacional, sino que además se declara aficionada taurina. ¿Su justificación para defender la masacre anual de miles de toros y caballos? Pues… ninguna. En un artículo publicado en su blog (y que ya no se puede leer porque fue borrado recientemente[1]) comentaba que tenía un argumento, pero que prefería guardárselo.
Esto es lo que queda del mítico artículo.
Así las cosas, lo único que puedo declarar es que cada día me siento más perdido en la arena política de este país. Quizá, como dijo el bueno de Bertrand Russell en el ensayo al que me referí al principio, esto no hace más que probar cuán hundido me encuentro en la depravación moral.
Beatriz Gimeno considera que hacerle esto a un toro es compatible con el amor a los animales. 

[1] En la web Ateneo Taurino Orson Welles dicen de Beatriz Gimeno: En 2010 escribió en el diario digital El Plural un artículo en el que se declaraba abiertamente taurina. Afirmaba que lo hacía por convicción propia y que nadie le haría callar. Defendía sus valores y la compatibilidad con el amor a los animales, además del dislate que en su juicio suponía asociar la tauromaquia con ideas de derecha. El descubrimiento de su artículo nos satisfizo enormemente y esta semana intentamos ponernos en contacto con ella para invitarla a escribir en este blog o para hacerle una entrevista. Su respuesta fue borrar automáticamente su artículo de la red y decirnos que no quería que una opinión pasada pudiese ser usada contra causas que ahora apoya. 

21/9/15

Fragmentos de La Insoportable Levedad del Ser. Milan Kundera. 1984

En el mismo comienzo del Génesis está escrito que Dios creó al hombre para confiarle el dominio sobre los pájaros, los peces y los animales. Claro que el Génesis fue escrito por un hombre y no por un caballo. No hay seguridad alguna de que Dios haya confiado efectivamente al hombre el dominio de otros seres. Más bien parece que el hombre inventó a Dios para convertir en sagrado el dominio sobre la vaca y el caballo, que había usurpado. Sí, el derecho a matar un ciervo o una vaca es lo único en lo que la humanidad coincide fraternalmente, incluso en medio de las guerras más sangrientas.

Ese derecho nos parece evidente porque somos nosotros los que nos encontramos en la cima de esa jerarquía. Pero bastaría con que entrara en el juego un tercero, por ejemplo un visitante de otro planeta al que Dios le hubiese dicho: «Dominarás a los seres de todas las demás estrellas», y toda la evidencia del Génesis se volvería de pronto problemática. Es posible que el hombre uncido a un carro por un marciano, eventualmente asado a la parrilla por un ser de la Vía Láctea, recuerde entonces la chuleta de ternera que estaba acostumbrado a trocear en su plato y le pida disculpas (¡tarde!) a la vaca. 

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Así que sigue su camino con las terneras, que van frotándose mutuamente las ancas, y piensa que son unos animalitos muy agradables. Tranquilas, ingenuas, algunas veces puerilmente alegres: parecen señoras gordas de cincuenta años que fingen tener catorce. No hay nada más conmovedor que las vacas cuando juegan. Teresa las mira con simpatía y piensa (es una idea recurrente desde hace ya dos años) que la humanidad vive a costa de las vacas, del mismo modo en que la tenia vive a costa del hombre: se ha enganchado a su teta como una sanguijuela. El hombre es un parásito de la vaca, así definiría probablemente un no-hombre al hombre en su zoología. 

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La verdadera bondad del hombre sólo puede manifestarse con absoluta limpieza y libertad en relación con quien no representa fuerza alguna. La verdadera prueba de la moralidad de la humanidad, la más honda (situada a tal profundidad que escapa a nuestra percepción), radica en su relación con aquellos que están a su merced: los animales. Y aquí fue donde se produjo la debacle fundamental del hombre, tan fundamental que de ella se derivan todas las demás.

10/9/15

Tauromaquia, gañanes y poder de interés bruto

Como dijo un gran amigo, la herramienta más eficaz contra la tauromaquia es dejar hablar a los aficionados. Y es que, salvo contadas excepciones del tipo Sánchez Dragó o Vargas Llosa, que quizá podrían elevar ligeramente el nivel del debate, los portavoces de la fiesta nacional suelen ser poco más que gañanes semianalfabetos.

El ejemplo paradigmático lo tenemos en José Ortega Cano, un esperpéntico personaje que pasó catorce meses en la cárcel por homicidio imprudente y conducción temeraria (la prueba de alcoholemia, tres veces superior a lo permitido, fue desestimada por el juez). En el siguiente vídeo podemos apreciarlo en todo su esplendor: 


Más vídeos en Antena3

«Poder de interés bruto», dice el pobre diablo. Ha fallado dos de las tres palabras que corresponden al PIB, un concepto básico que conoce casi todo ser humano mayor de diez años. Cada vez que pienso que a semejante crápula lo llaman maestro me entran ganas de echarme a llorar.

Pero quedémonos con esa idea, la de que la tauromaquia genera riqueza y empleo. Este es uno de los principales pseudoargumentos con los que los aficionados buscan defender su “derecho” a presenciar la muerte agónica de un pobre animal en medio de una plaza. Difícilmente te toparás con un taurino que no lo utilice, igual que ocurre con la manida soplapollez de que los toros de lidia se extinguirían si dejasen de ser torturados (el estrafalario Ortega Cano decide ir un poco más lejos y afirma que, sin la fiesta nacional, los animales se comerían los unos a los otros). Pero ¿acaso aporta algo al debate el hecho de que la tauromaquia genere riqueza y empleo?

Para saberlo, podemos preguntarnos si generar riqueza es una condición necesaria y suficiente para que una actividad sea permitida. Si así fuese, no tendría sentido continuar debatiendo; la tauromaquia genera empleo y riqueza, luego cumple las condiciones necesarias y suficientes, luego debe ser legal. Por desgracia para los taurinos, esto no se corresponde con la realidad. Generar riqueza no es una condición necesaria ni suficiente para que una actividad pueda ser moral o legalmente llevada a cabo. Por un lado, podemos encontrar actividades perfectamente legales que no generan riqueza, como por ejemplo, pasear por la playa; millones de personas lo hacen y probablemente no genere un solo puesto de trabajo, pero nadie en sus cabales abogaría por su prohibición. Del mismo modo, podemos ver que la generación de riqueza tampoco es una condición suficiente para que se permita el desarrollo de una actividad, pues algunos de los principales negocios del mundo, como la explotación sexual, el narcotráfico o la guerra, son ilegales o nos gustaría que desaparecieran lo antes posible. 

Así pues, creo que queda suficientemente claro que el pseudoargumento de la riqueza y el empleo debería caerse del debate sobre la tauromaquia, puesto que es totalmente irrelevante. El único criterio que debemos tener en cuenta a la hora de permitir o no una actividad es si ésta se basa en generar sufrimiento innecesario. Seguramente sea un criterio un poco difícil de valorar en determinados casos (por ejemplo, hasta qué punto es necesario el sufrimiento que generan los accidentes de tráfico, como el provocado por Ortega Cano). Sin embargo, en absoluto es así para la cuestión de la tauromaquia; someter a miles de animales cada año a semejante tortura es algo de lo que, como sociedad, podemos prescindir sin ningún problema.

Foto:© Jon Amad/ Igualdad Animal 


26/8/15

Con otros ojos


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